> CAPÍTULO 2 < LOS HÉROES DESESPERADOS

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Santiago estaba completando, a la misma hora (16:15) y por tercer día consecutivo, el mismo puzzle de un Putto con el codo izquierdo apoyado en la mesa y la barbilla apoyada en la mano del mismo brazo. Era un hermoso Putto de color que miraba soñadoramente hacia arriba. Al rompecabezas le faltaban siempre dos componentes que se habían perdido quién sabe cuánto tiempo.

<<Pero ¡mierda! ¿Es posible que sea la tercera vez que hago este rompecabezas y siempre falten dos piezas?>> se dijo en voz alta el chico de origen sudamericano.

William estaba sentado a su lado y mirándolo, a pesar de su estado de ánimo decaído, sonrió y enunció un aforismo que había leído un día en Twitter:

<<No existe el encaje perfecto, sólo existe la voluntad de suavizarse mutuamente para encajar. Esto es lo que he entendido sobre el amor.>>

Santiago, se dio la vuelta, le miró a los ojos y le devolvió la sonrisa:
<< Afinidad. Encontrarse por casualidad y sentirse como en casa.>>

Ambos estaban en la sala de televisión y a dos metros de ellos estaba Miriam sentada en su cochecito, colocado frente a un gran ventanal. Era un día nublado y, por tanto, aquella tarde de otoño había llegado incluso antes de que se pusiera el sol. La mujer se sentó, mirando al vacío, más allá de la ventana, y esta vez dijo una frase significativa.

Un aforismo de Pablo Neruda:

<<Estamos hechos de la misma materia de la que están hechos los sueños. Me gustaría ser una nube blanca en un cielo infinito para seguirte a todas partes y amarte a cada momento. Si eres un sueño no me despiertes.>>


Los dos jóvenes se miraron asombrados, se levantaron y fueron detrás de Miriam para observar también el cielo oscuro.

<<Nuestro gran jefe se llama señor White y nos espera en la sala de luminoterapia dentro de dos días>> dijo de nuevo la mujer, en voz baja.
<<Entonces te lo explicaré, con calma, esta noche después de la cena, en la habitación>> dijo William a Santiago con una mirada seria. El chico de ascendencia sudamericana, también con mirada seria, asintió. Mientras tanto, la enfermera Cristina pasó por allí y los miró, desconcertada.

La actuación de Mattia con la guitarra en la sala de televisión el día anterior no había gustado a Elisa. Pero el joven le gustaba mucho. Estaban comiendo en el comedor del Instituto y estaban sentados en una mesa separada por tres metros, uno frente al otro. La chica no dejaba de observarlo.
“Menestra de verduras, filete con puré de patatas y mousse de frutas, ¡qué tristeza!”, pensó Mattia, que acababa de terminar su cena y miraba a Elisa, sin darse cuenta de que le devoraba con la mirada. El chico también sufría un trastorno disociativo, pero la chica no lo sabía.
‘¡Eres tan guapo como gilipollas!’, pensó ella, cambiando su expresión de cariñosa a hostil. Así que Elisa se levantó y decidió ir a su habitación. Mientras cruzaba el pasillo se cruzó con William empujando el cochecito con Miriam dentro. Miriam deliraba, como siempre, y Elisa inclinó la cabeza con tristeza al pasar junto a ella, sin dirigirle una mirada a William porque le daba asco. Cuando lo vio por primera vez con mallas, presumiblemente hasta las rodillas, sintió una sensación de asco total.

<<Elisa eres importante para nosotros, Elisa eres importante para nosotros…>>


Elisa, que oyó esas frases salir de la boca de Miriam, se detuvo de repente y se volvió con una mirada atónita hacia los dos chicos. Allí estaba la mujer sentada en el cochecito, frente a ella, que extrañamente no tenía la mirada fija y le sonreía. El chico también sonreía, y en ese momento el sentimiento de repulsión que Elisa sentía hacia él pareció desaparecer como por arte de magia. Por el contrario, de repente le pareció muy simpático con esas gafas verdes en su nariz aguileña y la diadema siempre verde en su media melena.
<<Sí Elisa, has entendido bien lo que acaba de decir Miriam. Eres importante para nosotros>> dijo William, siempre con una sonrisa en los labios. Y continuó, acercándose a medio metro de ella y hablando en voz baja:

<<Dentro de dos días, al filo de las tres y cuarto de la noche, todo el personal de este Instituto estará en total letargo, y si quieren, están invitados a la sala de luminoterapia. Allí lo entenderás todo. Buenas noches querida Elisa.
El niño volvió junto a Miriam y empujó el cochecito hacia el final del pasillo. A Elisa le invadió una agradable sensación de felicidad corta pero intensa y se dirigió a su habitación con la convicción de que esa noche dormiría bien.

“No me preguntes por qué, de todos modos hoy no hay sol y todo parece más oscuro.
Falta la luz pero veo bien tu imagen,
Está aquí tallada dentro de mi alma y gira como un
vórtice entre mis pensamientos, liberándose ligeramente
como copos de nieve silenciosos que nunca se duermen…”

<<Permiso… ¿Puedo entrar?>>

Mattia estaba tumbado en la cama de su habitación y alguien le interrumpió mientras tarareaba en su mente una canción que había escrito antes de ser hospitalizado. Con las palmas de las manos bajo la nuca, dirigió la mirada hacia la puerta. Entró la persona, en su opinión y la de muchos, muy extraña. No es que hubiera sólo unos cuantos bichos raros en ese instituto, pero ese tipo que tenía delante, que cruzaba el umbral, sonriendo era realmente excéntrico con esa diadema verde en el pelo, pero sobre todo con las mallas en los pies.
<<“¿Molesto?”, preguntó William.
<<No me digas…>> respondió Mattia falsamente con una sonrisa forzada.
<<He venido para informaros de que estáis invitados a la reunión de pasado mañana por la noche, en la sala de luminoterapia. Es una reunión importante. Nosotros dos, Miriam, Elisa y Santiago tendremos importantes misiones que cumplir fuera de este refugio.
‘Pero eso es una tontería’, pensó Mattia y volvió a asentir falsamente con la cabeza y dijo:

<<Ahora, por favor, si puedes irte porque estoy cansado y quiero dormir>>.

William, confiado en su asentimiento, salió de la habitación sonriéndole. Y la noche, negra como una pesadilla, descendió de repente,
cubriendo los pecados y miserias del Instituto Merini. Mattia estaba profundamente dormido y soñando….

Se encontraba en un aula y estaba sentado frente a un pequeño pupitre de jardín de infancia. Pero era grande y tenía compañeros de clase que eran niños pero no podía reconocerlos. Un individuo que parecía más un científico que un profesor entró en el aula. Tenía el pelo oscuro y ligeramente canoso, la cara bien afeitada y sonriente. Llevaba gafas con cristales azulados y se le veían las gruesas cejas oscuras. Se detuvo frente a la pizarra negra y Mattia vio una miríada de letras verdosas y caracteres alfanuméricos que descendían desde arriba. El profesor, con aspecto de científico, se volvió hacia la pizarra y creó, en la corriente descendente de caracteres y números verdosos, lo que parecían ser ecuaciones. Movía una mano hacia la pizarra, como si dirigiera una orquesta musical, mientras la otra la guardaba en el bolsillo:


4x + 3² = (3 · 2)x – 2²·(8-6)
4(x-2) + 3x = -4(2+x) + 2³
4x – 8 + 3x = -8 – 4x + 8
7x – 8 = 0 – 4x
7x + 4x = +8 + 0
11x = 8
x= 8/11




Mattia, que siempre tuvo dificultades para aprender ecuaciones en el instituto, las entendía perfectamente y encontraba el resultado correcto con facilidad. En un momento dado, el hombre se dirigió a él y le dijo sonriendo:

“Hola Matías, soy el señor Blanco y pasado mañana por la noche te esperamos en la sala de luminoterapia, te necesitamos”.

El joven se despertó sobresaltado y todo sudado. Se levantó para tomar un trago de agua y miró por la ventana, notando que había un cielo claro y azul que era el telón de fondo de una luna muy brillante. Era la primera luz de la luna.


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